Lo tomábamos siempre en la estación Río de Janeiro.
Ya desde que salíamos de casa y enfilábamos por Campichuelo, iba yo
saltarineando a la par de mamá, ansiosa por llegar a Rivadavia.
Allí, hacíamos dos cuadritas por la avenida, previa pasada por las
Academias Teniente, con su gran cartel vertical, que de noche encendía y
apagaba sus luces, atrapándome en su juego de destellos, cosa que entonces aprovechaba
papá, para no tener que alzarme y
responder a mis pedidos de ¡Upalá papá! ¡Upalá!.
Llegadas a su entrada, bajaba las escaleras de a saltitos y en tanto
mamá colocaba las monedas en el molinete, palpitaba el andén y a sus pasajeros
ocasionales que lo aguardaban.
Luego venía la eterna recomendación.
¡No te arrimes al borde del andén que el subte te puede chupar cuando
pasa!
¡Pero yo quería verlo venir!
Me asomaba para contemplar reiteradas veces, la oscura boca del túnel,
que me resultaba peligrosamente tenebrosa en su negrura, hasta que a lo lejos,
muy pero muy lejos, se dejaba ver una tenue luz de una presencia en la
distancia.
Poco a poco, el osado peregrino del macabro túnel se acercaba y su
venida se percibía como un tumultuoso fragor de metales torturados.
A medida que se acercaba, siempre me preguntaba si podría frenar a tiempo.
¡Pssshhhhh! Me respondía casi sobre la estación, con un siseo atronador
y directamente proporcional a la velocidad que traía.
Ya a estas alturas, mamá me tenía de la mano, porque yo tironeando,
pugnaba por alcanzar a saltos, el primer vagón y apropiarme del asiento
contiguo a la cabina de conducción, para de rodillas sobre él, palpitar el
sinuoso recorrido a nuestro destino.
Ya instalada, ¡Rocrrrr! Escuchaba a mi lado. Era el conductor que
preparaba la manivela para iniciar el viaje.
¡Bong, Bong, Bong, Bong! Crujía
la mole echando a andar.
El temido túnel, abría sus negras fauces, devorándonos y solo la
presencia de mi héroe de madera y metal, que nos llevaba cobijados en su
interior, iluminaba sus muros ennegrecidos y misteriosos.
No había luces en el trayecto en ese entonces, no señor, todo era una
profunda oscuridad desoladora.
Con la cara pegada al vidrio y las manos haciendo pantalla para
neutralizar la luz de sus bombitas internas, conducía yo también al audaz aventurero
en la noche mas cerrada.
De pronto en la distancia… y a enorme velocidad se avistaba otro subte
de frente.
Angustiada y llena de emoción lo miraba acercarse impávidamente hacia
nosotros, siempre temiendo que se produjera un choque colosal… pero no… ¡Por
suerte no! la bestia pasaba casi rozándonos… a una velocidad que arrebolaba mis
mejillas y encendía mis sentidos.
Medrano, Loria… y ya comenzaban los desvíos a otras vías y otros
lúgubres pasadizos.
Y ahora, venía lo mejor. Estábamos llegando a Plaza Miserere y allí
había que anunciarse.
¡Riiiiiinnnngggg! Sonaba estruendoso nuestro subte al tomar la curva,
¡Riiiiinnnngggg!
Un mar de gentes aguardaba siempre en el andén, esta vez de la mano
derecha, por lo que tal vez, allí la parada era mas larga que en las otras
estaciones.
Y el viaje continuaba. Y yo siempre palpitaba la creciente velocidad en
ascenso y la frenada anticipada, metros antes de llegar a cada estación.
Mas estonces, mi héroe se anunciaba nuevamente, ¡Porque venía la curva
de la estación Saenz Peña !!!
¡Abran paso!!! Parecía decir …
¡Que aquí vengo yo!
Era entonces, que mamá despertaba mi ensueño porque ya debíamos bajar.
Perú era nuestro destino. Íbamos a visitar a papá en su oficina
Y ya de pie cerca de las puertas, envidiaba a los hombres que, apenas entrando
a la estación, habrían a mano las puertas y se largaban a la carrera,
acompañando a nuestro peregrino por varios metros en su arribo a destino.
Pero hoy amado subte A, has transitado por última vez tu osado
recorrido.
Adiós mi amor.
Hoy te llevas contigo, un trozo de mi niñez y aquel intrépido sueño de
acompañarte protegida en el seno de tus calidas maderas, a través de las
tinieblas.
Cristina Mazzini / 2012
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