Ir al contenido principal

UNA ESPERADA VISITA

Un relato autobiografico


La generosa mesa que preside el comedor diario, ofrece para este menester, su cabecera contigua al hogar, que hoy ya en desuso,  deja entrever su añosa jerarquía en los inviernos de un pasado.

Tendido sobre ella está, cual manto doméstico, un sencillo mantel, dispuesto a recibir las pastas que el Nono, ha preparado para esta navidad.

A los chicos de la familia, nos ha sido dada,  la trascendental tarea de darles el pellizquito final a los ravioles, para que al burbujear en el hervor, no pierdan el relleno de ancestral y secreta receta, que en los montes piamonteses el abuelo ha aprendido de su madre.

Ana María y yo, los chicos de la familia, alborozadas ante la inminente llegada de la navidad, que nos promete embriagarnos de sabores y emociones, pellizquito aquí, pellizquito allí, nos enharinamos  incontables veces entre nosotras, entre tanto el nono, deja caer a modo de bondadosa lluvia, la harina que concluye su tarea.

Mañana al mediodía, sorprendida como otros años, lo veré taza en mano, comerse al pie de la olla los primeros que estén listos, sumidos previamente en vino tinto grueso y caliente.

- Así los comía de chico – me dirá mamá – Así lo hacía mi abuela, allá en su pueblo.

En ese pueblo, Acqui, mamá, me contó muchas veces, como el Nono se trepaba a los montes, escapando de la bisabuela, cuando llegaba su turno de bajar todas las ollas y calderos, para pulirlos y como un buen día a los once años, siguiendo su espíritu rebelde, se escapó de su casa, para venirse como polizón a la América.

Siguiendo la tradición de los suyos, el Nono ha comprado durante toda la semana, pan dulce, nueces, avellanas, peladillas, higos, chocolate y turrón. Exquisiteces que aderezan el clima que se palpita y que prolijamente guardadas en los altos armarios lejos de manos infantiles, aguardan su turno de engalanar la mesa de hoy.

Porque hoy… ¡Es Noche Buena! y  Ana María y yo, estamos apresuradas por terminar nuestra tarea.  

¡Urge cambiarse, para recibir a Papá Noel, que llegará muy pronto!

La casa toda iluminada aún en los patios…  es el escenario de ires y venires, en tanto Mamá ha estado tecleando en el piano, melodías que toda la familia canturrea en estos preparativos, canciones que animan recuerdos de sus mocedades.

Tía Nelly, que acaba de poner la mesa en el comedor de las visitas, nos apremia recordándonos que antes de cenar, hay que darle la bienvenida al tan anhelado Papa Noel y el viejito todos sabemos…  ¡No puede esperar! ¡Tiene mucha tarea!

¿Qué traerá Papá Noel esta noche?

Nosotras aprendimos,  que nada debemos pedirle, eso queda para los Reyes, Papá Noel… trae lo que puede.

¡Pero que importa eso! ¡Su venida es más que suficiente! y las puertas de la sala, ya han sido cerradas, porque solo El podrá abrirlas cuando nos visite


La ansiedad nos inunda de mariposas el alma y andamos brincando por aquí y por allá, en tanto se aprestan los últimos detalles de la mesa navideña, donde luego de cenar, el Nono cortará el pan dulce, ofreciendo a cada uno un trozo con su consabida frase de “Buona fortuna”.

Tía Elsa acomoda las blancas y tersas peladillas, mamá da los últimos toques a la mayonesa, papá abre una botella de vino, la Nona se sienta en la cabecera, tío Juan pellizca el pan… Ana María y yo nos disputamos la sillita alta, tío Pedro apaga un cigarrillo… cuando de pronto…  

¡A lo lejos se escucha con claridad una campanilla!

¡Revuelo general! 

¡Es Papa Noel que esta llegando!

¡Tía Elsa, súbitamente cierra puertas y postigos del comedor que dan al patio y  precipitadamente entre exclamaciones de entusiasmo y alegría, se apagan las luces!

Ansiosos e inquietos, nos quedamos todos a oscuras dentro… esperando…

¡Todos, menos mamá, que como siempre, es la encargada de ir a recibirlo, vela en mano en la casa en tinieblas!

¡Ella y solo ella podrá verlo…! Papa Noel no quiere ser visto. Está muy apurado, tiene mucha, mucha, muchísima tarea.

Papa Noel… que viene llegando desde el otro patio tocando su campanilla, la cual se escucha aún clara y lejana, muy lejana… aunque ya no tanto… no tanto…

¡Ya esta llegando!

¡Ya esta en este patio!  ¡Esta en este patio!

¡La campanilla suena en este patio!

- ¡Buenas noches Papa Noel! -  mamá ya lo ha visto… -

- ¡Que viejito que está! - ¡Mamá ya esta a su lado!

- Pase Papa Noel… pase, ¡Cuantos regalos! - la puerta de la sala se esta abriendo -

- Está apurado ya lo sé, ya lo sé - conteniendo el aliento, escucho los ruidos en la sala contigua -

Una tenue luz,  se cuela por debajo de la puerta del comedor que conecta con la sala y comienza a destellar intermitentemente.

- ¿Vio que hermoso el arbolito?  Lo preparamos para Usted - una emoción embriagante me arrebola las mejillas, porque yo, ayudada por tía Elsa, lo he armado.

Paulatinamente los sonidos vecinos se van acallando… y los murmullos crecen a mí alrededor.

- Bueno Papa Noel - dice mamá - Hasta el año que viene -

- Ya se va - dice tía Elsa

- Hasta el año que viene - ya se esta yendo… - Adiós… adiós… -

Un silencio expectante calla todas las voces.

Y de pronto… ¡Se hace la luz!

- ¡Vamos a ver si lo vemos dice tía Elsa! - abriendo los postigos y las puertas del comedor, de par en par - ¡Vamos!

Corremos las tres, tía Elsa, Ana María y yo, hacia el patio tenuemente iluminado,  con los ojos aferrados a las estrellas…

- ¡Allá!  - no, no es.

- ¡Allá, allá! - no tampoco.

Papa Noel es muy rápido… muy rápido. Ya no se lo ve. Ya se ha ido…

La casa lentamente vuelve a iluminarse, una luz por aquí, otra por allá… y a pesar de que tía ya reclama nuestra atención y de que los murmullos se tornan paulatinamente en voces y exclamaciones de sorpresa, nuestras miradas siguen perdidas en las estrellas…  en las estrellas lejanas que abrigan nuestra candorosa inocencia.

Cristina Mazzini 2016

Comentarios

Entradas populares de este blog

DOÑA MARIETA

DOÑA MARIETA  Enjuta, baja y coronando su cabeza un rodete entoquillado asoma a las puertas de mi infancia, Doña Marieta, h abitante de los fondos de la casa de la Nona y de mis sueños de las brujas. Juntamente a Don Esteban, su marido, ocupaba desde lejanos tiempos, dos piecitas y cocina, que mis abuelos y por unos pesos fuertes, en los albores del siglo, les habian alquilado. Entre ellos y los míos, subsistía una historia de disputas, malentendidos, maldades y fría vencindad latente, que poblaba caprichosa, mi infantil imaginación con oscuras incógnitas fantásticas. Mi tía Elsa, principal punta de lanza de mis huestes familiares, dedicaba largas horas en arengas en su contra, desgranando, descriptiva, la malévola intención de su inquilina, mientras ella ... en flagrante desmentida a sus palabras, concurría muy devota, los siete dias de Dios, a la misa de las siete, en la iglesia de la calle de Liniers. Esmirriada casi, tal vez no solo en cuerpo,...

LA BATUTA PERDIDA - UNA HISTORIA DE FAMILIA

Adolfo Allemanni, piamontés, nacido en el año 1884 en Aqui Terme, Italia,   fué uno de los maquinistas que alzó el telón del Nuevo Teatro Colón, aquí en su país de adopción, la noche de su inaguración, el 25 de mayo de 1908 Durante cuarenta y dos años, Adolfo trabajó en el teatro, viajando con la compañía, armando y desarmando escenarios, trepando escaleras, presenciando ensayos, debut, éxitos,   fracasos y coleccionando autógrafos. Pero su pieza importante, "la perlita" de su colección, no era precisamente la foto de un famoso, sino un trozo de la batuta de Arturo Toscanini, quien en un ensayo, el famoso director, no solo por su talento, sino también por su mal genio, rompió con furia arrojándola tan lejos como pudo. Esta batuta, acompañó a mi familia durante décadas y siempre estuvo apoyada en un atril de la sala de la calle Belgrano, como invitando a quien quisiera admirarla a valorar su tránsito por las manos del genio Hasta que un día, un aciago día de...

¡ADIOS MI AMOR!

Lo tomábamos siempre en la estación Río de Janeiro. Ya desde que salíamos de casa y enfilábamos por Campichuelo, iba yo saltarineando a la par de mamá, ansiosa por llegar a Rivadavia. Allí, hacíamos dos cuadritas por la avenida, previa pasada por las Academias Teniente, con su gran cartel vertical, que de noche encendía y apagaba sus luces, atrapándome en su juego de destellos, cosa que entonces aprovechaba papá, para no tener que alzarme y   responder a mis pedidos de ¡Upalá papá! ¡Upalá!. Llegadas a su entrada, bajaba las escaleras de a saltitos y en tanto mamá colocaba las monedas en el molinete, palpitaba el andén y a sus pasajeros ocasionales que lo aguardaban. Luego venía la eterna recomendación. ¡No te arrimes al borde del andén que el subte te puede chupar cuando pasa! ¡Pero yo quería verlo venir! Me asomaba para contemplar reiteradas veces, la oscura boca del túnel, que me resultaba peligrosamente tenebrosa en su negrura, hasta que a lo lejos...